El camino pragmático hacia la flota de coches eléctricos
El enfoque inteligente en 2026/2027 no es el todo o nada. Es averiguar qué vehículos concretos pueden cambiar hoy con el menor riesgo y dejar que el uso real decida el orden.
El enfoque inteligente en 2026/2027 no es el todo o nada. Es averiguar qué vehículos concretos pueden cambiar hoy con el menor riesgo y dejar que el uso real decida el orden.
Publicado 5 Agosto 2026
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El uso de coches eléctricos en flotas es uno de los temas más comentados en la gestión de vehículos y, a la vez, uno de los peor entendidos. Los titulares sugieren un cambio total e inminente. La realidad sobre el terreno es más mesurada: la mayoría de las flotas comerciales ligeras sigue funcionando con motores de combustión. Además, las principales barreras son la autonomía, el acceso a la recarga y el coste inicial. El enfoque inteligente en 2026/2027 no es el todo o nada, sino una adopción selectiva, guiada por el uso real de cada vehículo.
Conviene empezar por el contexto, porque cada vez favorece más la electrificación de las flotas. Los vehículos con etiqueta CERO en España pueden acceder sin restricciones a las Zonas de Bajas Emisiones, que ya están implantadas en decenas de ciudades. En cambio, los vehículos más contaminantes ven cómo sus limitaciones se endurecen año tras año.
A ello se suma un cambio fiscal importante. En ciudades como Madrid, desde 2026 el Impuesto sobre Vehículos de Tracción Mecánica (IVTM) deja de calcularse en función de los caballos fiscales y pasa a tener en cuenta la etiqueta ambiental de la DGT. Esto supone una mayor carga para los vehículos más contaminantes y beneficia a los de menores emisiones.
Además, si se tienen en cuenta el menor coste de la energía y el ahorro en mantenimiento, la electrificación de los vehículos adecuados deja de ser una apuesta de futuro. Se convierte en una decisión rentable que ya puede medirse con cifras.
Si no existe una buena correspondencia entre el vehículo y el tipo de ruta que realiza, el ahorro previsto puede convertirse rápidamente en más paradas y tiempos de espera. También puede generar mayor incertidumbre.
La verdadera cuestión no es con qué rapidez puede electrificar su flota, sino qué vehículos pueden pasarse al eléctrico desde hoy con el menor riesgo operativo. La respuesta está en los datos de su propia operación: el kilometraje diario, los tipos de ruta y los tiempos de parada de cada vehículo.
Algunos casos son claros candidatos para la electrificación. Por ejemplo, una furgoneta que realiza una ruta urbana predecible puede ser una buena candidata. Si su autonomía eléctrica cubre el recorrido con margen suficiente y permanece estacionada durante la noche en una base donde puede recargarse, la transición será de bajo riesgo.
Otros vehículos, especialmente aquellos con recorridos muy largos o un uso impredecible, todavía no reúnen esas condiciones. Por eso, incorporarlos a la flota eléctrica antes de tiempo puede generar problemas como la ansiedad por la autonomía, los tiempos de inactividad y una percepción negativa de la transición.
Identificar qué vehículos están preparados para electrificarse basándose en suposiciones es una apuesta; hacerlo a partir de datos es una estrategia.

Hay un error que puede hacer fracasar una transición que, sobre el papel, parecía bien planteada: centrarse únicamente en los vehículos y dejar en segundo plano la infraestructura de recarga. De hecho, elegir el vehículo suele ser la parte más sencilla. Las verdaderas preguntas son otras. ¿Dispone la base de suficiente potencia eléctrica para cargar varios vehículos durante la noche? Si no es así, ¿cuánto tardará la compañía eléctrica en ampliar la conexión? Además, ¿permanecen los vehículos el tiempo suficiente y en el lugar adecuado para recargarse antes de iniciar el siguiente servicio?
Por eso, los datos de uso también deben ser el punto de partida para planificar la infraestructura. Antes de invertir en puntos de recarga o ampliar la potencia contratada, conviene analizar cuánto tiempo permanecen realmente parados los vehículos y en qué ubicaciones. Solo así es posible dimensionar la infraestructura según las necesidades reales de la flota y no sobre hipótesis o escenarios ideales. De este modo, la inversión se puede destinar allí donde realmente aporta valor.
El orden importa: primero los datos, después la elección de los vehículos y, por último, una infraestructura de recarga adaptada a los tiempos reales de operación. Esa secuencia es la que marca la diferencia entre una electrificación rentable y otra llena de imprevistos.
La electrificación llegará a todas las flotas. Las empresas que mejor gestionan esa transición son las que dejan que los datos y el uso real marquen el ritmo, en lugar de dejarse llevar por las tendencias o la presión del momento.
Durante los próximos años, muchas empresas convivirán con vehículos eléctricos y de combustión. La clave está en gestionar esa flota como un único conjunto y no como dos operaciones independientes. Para ello, es fundamental contar con una plataforma que permita supervisar ambos tipos de vehículos con la misma visibilidad. Además, debe permitir optimizar el uso de toda la flota sin tener que alternar entre distintos sistemas.
Una vez incorporado a la flota, el seguimiento de un vehículo eléctrico es muy similar al de cualquier otro vehículo. Además, permite consultar información sobre el nivel de batería y los hábitos de recarga junto con la localización. En otro artículo del blog analizamos en detalle el papel de la localización GPS en las flotas eléctricas, pero la idea principal es sencilla: la forma de gestionar la flota sigue siendo la misma, tanto si el vehículo se recarga como si reposta combustible.
Las restricciones de acceso a las ciudades, los cambios fiscales y el menor coste de uso hacen que retrasar la electrificación resulte cada vez menos atractivo. Sin embargo, planificar la transición no significa acelerarla sin criterio.
Las empresas que obtienen mejores resultados empiezan electrificando aquellos vehículos cuyos recorridos y patrones de uso son más adecuados. Después, extraen aprendizajes durante el proceso y amplían progresivamente la flota eléctrica. Lo hacen a medida que evolucionan la tecnología, la infraestructura y la propia organización.
La mejor estrategia consiste en comenzar por los vehículos que los datos identifican como candidatos ideales. Después, hay que validar el modelo de funcionamiento y ampliar la implantación cuando los resultados lo justifiquen. No deben ser las modas o la presión del mercado las que marquen el ritmo.
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